Reseña: Le Fu

Eran las seis cuarenta y siete de la tarde, voy camino a un evento que comienza a las nueve. Considerando el tráfico, calculo llegar media hora antes. Eso me deja con poco más de una hora para comer. Afuera está lloviendo. Reviso un viejo mapa de la ciudad en la guantera del auto en el cual había circulado con marcador verde un restaurante de comida china que me habían recomendado un par de meses atrás, ubicado en el que llaman "el verdadero barrio chino de la ciudad".

Dubitativo, lo consulto con mi colega al volante, quien tras un gesto de aversión e indiferencia, me da luz verde para comer ahí. Llegamos. Afortunadamente, tenían un estacionamiento techado en la planta baja, en donde noto cosas extrañas: Un muchacho despabila para "ayudarnos" a estacionar mientras un regordete elemento de seguridad nos observa llegar sin inmutarse; ambos se ven nerviosos, como si no nos esperaran, como si los uniformes de valet y de oficial fueran sólo disfraces de utilería. Sus gestos no me cuadraban.

Bajamos del auto y, al subir, noto un complejo laberinto de escaleras en la entrada de servicio a mi izquierda. Una mujer joven de aspecto asiático me mira de reojo, como si no fuera bienvenido ahí. Me hago el duro y subo con firmeza hacia la entrada marcada por una hoja de papel con símbolos foráneos.

Subo por otro juego laberíntico de escaleras de concreto disparejas. Veo que una mujer anota comandas en un computador de hace 10 años, es extranjera, sudamericana, no sabría decir de dónde. Al llegar al primer piso, con un gesto hostil, nos da mesa quien parece ser su hermano, pues tienen el mismo acento y tipo de nariz.

En la esquina, una señora aparenta ver la televisión en un canal chino, pero al ver su movimiento de manos, sé que cuenta dinero. Hay un niño de unos nueve años haciendo la tarea, ambos se gritan en cantonés. En la esquina opuesta, en una mesa grande, dos caballeros sencillamente vestidos comen y discuten algo en voz baja, de momentos voltean hacia el televisor y otras veces hacia nosotros.

Al sentarnos, todos en el salón nos miran por un segundo que se sienten como diez; esa tensión del detective donde tienes que decidir si meterte en el papel de forastero distraído o apresurarte a desenfundar antes de que lo hagan ellos. Las lámparas de neón parpadean, suena el ventilador del refrigerador con sodas nacionales e importadas y se respira un aire denso, pero delicioso.

Mientras mi colega revisa los sinogramas en el menú, me acobardo, sudo un poco y, para no verme nervioso, pregunto por el baño con temor a explorar el edificio sin permiso y que vayan a por mí.

Al recibir la indicación, y usando sólo mi visión periférica, sigo subiendo las delgadísimas escaleras y noto salones enteros a oscuras o con esa luz de hospital embrujado. No quiero ver nada que no deba. Agacho la mirada, entro al minúsculo baño apenas iluminado con halógeno amarillento, revestido de azulejos blancos y el característico aroma entre urea y limpiapisos comercial de lavanda.

Me miro sudoroso al pequeño espejo cortado que tengo de frente y cierro los ojos únicamente para mojarme la cara, los abro con temor de que haya alguien más en el lugar y, al darme cuenta de que nadie me ha atacado por la espalda, doy media vuelta y acelero el paso hacia la mesa número 9 de...

Le Fu

Ficha técnica

Nombre: Le Fu
Giro: Restaurante tradicional chino - cantonés
Ubicación: José María Correa 304, Colonia Viaducto Piedad, Alcaldía Iztacalco, CDMX
Horario: Lunes a viernes de 12:00 a 22:00 | Sábado y domingo de 09:00 a 20:00
Precios: Elevados, justos (~ 600 MXN por persona)
Contacto: (55) 90 39 26 88 
Calificación del Expreso: 3.0

Oferta

Amplia variedad de platillos chinos tradicionales: vegetales, carnes, víceras, arroces y pastas en diferentes preparaciones, algunas fuera de lo convencional en occidente; aunque claro que tienen su menú facilón para los menos atrevidos con pollo agridulce y chop suey.

Qué probé

Tan pronto nos sentamos nos dejan una olla con de la casa, de jazmín, me parece, quemado y oxidado como si llevara varias horas en ebullición.

Pedimos la ensalada de bok choy, en su punto y con sabores a ajo y aceite que complementan el intenso, pero agradable sabor de las coles.

Propongo el pato laqueado, que ante la duda sanitaria de mi compañero pido sólo la media porción para mí, pero vaya que es literalmente medio pato, tan abundante que al dar mi visto bueno, mi colega se hace partícipe, más aún después de sumergirlo en la salsa que acompaña.

Él, en cambio, se pide el cerdo asado, que me sabe más bien hervido, algo soso, pero decente para complementar. Compartimos una pasta con res que también me quedó a deber en sabor.

Al final, nos acercan unas rebanadas de sandía que cierran bastante bien el festín.

Recomendaciones

Armarse de valor tanto para entrar como para comer. El lugar puede parecer —y de hecho lo es— intimidante, al igual que el menú. No se dejen apantallar por la estética inquietante ni el menú en chino con propuestas que parecen recetas de brujería, les prometo que todo está delicioso. Lo que no les puedo asegurar es un servicio cálido ni que ningún trato millonario con la mafia china se esté llevando a cabo en el piso de arriba, pero la aventura lo vale. En cualquier caso, lleven valía, pepto y su navaja suiza en el bolsillo.

Si tienen oportunidad, dense una vuelta alguna mañana de fin de semana, la comunidad gastrómana recomienda los desayunos dim sum que ahí sirven.


Fotografía del Expreso Triple

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