Extraños a la mesa

Últimamente, me he enfrentado a la molestia de no encontrar mesas disponibles en algunos de los lugares que visito. Quizá el fin de la pandemia o quizá el boom de aperturas en la ciudad han sido los causantes de que se atiborren cada vez más los restaurantes. Y el problema no es la falta de mesas, ni de sillas en sí, porque sobran; el problema es el individualismo moderno.

Estamos perdiendo nuestras habilidades sociales y algo tan cotidiano como sería compartir mesa nos parece hasta repugnante. Qué tan sencillo sería que la amable pareja que brinda con su café matutino nos permitiese a mi compañero y a mí sentarnos con ellos a desayunar. No es necesario ir más allá de un "buenos días" y que cada dupla siga su charla compartiendo sólo el cuadrante o, si nuestro ego lo permite, compartir hasta el bocado y hacer nuevos amigos.

Tengo un muy lindo recuerdo en la cabeza de una holística experiencia gastronómica: Hace unos meses, cuando un amigo vino de visita, nos lanzamos a probar la sala gastronómica del MNAH, con una fila de espera de 45 minutos según la hostil hostess —aunque le dijo 15 minutos al extranjero después de mí— secuestrados en la acera por órdenes de la misma mujer, pero ante tal tiempo de espera decidimos rebelarnos y explorar una sala aledaña.

A nuestro regreso, bendita suerte, aún no nos llamaban y al entrar nos acomodaron en semejante diván con una mesa en la que cabían 6 comensales. Al estar al exterior frente a un desfile de hambrientos impacientes donde figurábamos unos minutos atrás, hago contacto visual con una amable pareja con quienes cruzo unas palabras sobre lo lento del servicio y en unos pocos comentarios jocosos, me solicitan unirse a nosotros. ¡Y cómo decir que no! Ellos tan amables y la mesa tan ansiosa de instaurar amistades.

Resulta que son profesores con buen gusto para la comida, tanto que tienen un negocio de quesos en Querétaro con sucursal en CDMX llamado "La Negrita". Además, me compartieron recomendaciones de sitios para comer en Puebla y discutimos temas socioculturales sobre comida, educación, vocación y hasta un par de chistes de humor negro.

Estando en torno a la comida, no pudimos dejar de comentar acerca del buen sazón de los platillos que arribaban; incluso nuestra mesera se unía por momentos al coloquio con sugerencias y comentarios atinados. Y mi buen amigo dio pie a una plática sobre el huauzontle, mencionando que le encantaba el que hacía su abuela y que hace años no lo comía... de hecho, aparece en el Arca del Gusto en la web de Slow Food, aunque sin contenido, pero sabemos que en efecto se ha perdido su consumo.

De entre lo que comimos estaba claramente el huauzontle, cuyo capeado y salsa eran impecables, pero siempre me he quejado de que no se deshoje y se sirva de manera muy fodonga con el tallo fibroso que lo hace difícil de comer —quizá por eso está en el Arca—. Las quesadillas y las tostadas de atún muy buenas en sabor, tanto, que pude compartir una pieza con mis nuevos compañeros de mesa. Y todos coincidimos en que el guacamole y los postres quedaron muy planos y olvidables en comparación con la calidad de los fuertes.

Derivado de esta interacción, me fui con una grata experiencia, un placentero intercambio de ideas, agradables contactos y muchas recomendaciones como la misma quesería y los tlacoyos del centro de Puebla. ¡Tan bien nos llevamos todos que hasta una foto del recuerdo nos tomamos!


Y recordé a aquellas culturas que van más allá de compartir mesa como en Medio Oriente, donde comen todos de un mismo tazón y con la mano, o en el sur de Asia, donde lo hacen desde una hoja de plátano; ambos escenarios refuerzan la unidad en la comunidad y nos recuerdan que el comer es un acto humano. ¿Por qué habremos de ignorarlo aquí en Occidente?

Volviendo al presente y predicando con el ejemplo, les invito a permitirse la aventura que es el compartir mesa con extraños, extraños que te ofrecerán perspectiva y conversación a cambio de tu apertura y cortesía. Quizá poniendo esto en práctica podamos hacerle frente a esta crisis de mesas en Ciudad de México, o por lo menos, haciendo el intento, solamente consigamos hacer un acto de bondad y nuevos amigos.

En el ideario popular se dice que los amigos son la familia que uno escoge y, por etimología, la palabra "familia" podría significar "grupo de personas que sacian el hambre juntos", ¡vaya relación!

"Lo que más he disfrutado, es conocer a gente que tiene un interés genuino en la comida y compartir ideas con ellos." — Jamie Oliver

¡Buen provecho y buena mesa!

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