Reseña: Lavo

Esperé meses para visitar este restaurante y terminé yendo en contra de mi voluntad cuando, en la carretera, mi colega me pregunta a dónde quiero ir a comer. Después de mi obtusa respuesta, me secuestra y me anuncia que ya tiene una reservación. Así de irónico fue todo este evento gastronómico tan lleno de incongruencias y decepciones; aunque, por lo menos, nos reímos un poco en la mesa de...


LAVO

Ficha técnica

Nombre: Lavo
Chef ejecutivo: Ralph Scamardella
Jefe de cocina: Oscar Quiroz
Giro: Restaurante italiano contemporáneo
Ubicación: Tamarindos 90 (Arcos Bosques), Colonia Bosques de las Lomas, Alcaldía Cuajimalpa, CDMX
Horario: Lunes a miércoles de 13:00 a 23:00 | Jueves a sábado de 13:00 a 00:00 | Domingo de 13:00 a 19:00
Precios: Elevados (+ 1 000 MXN por persona)
Contacto: (55) 15 40 90 85 | Web | @lavomexicocity
Calificación del expreso: 1.5

Vistazo

A primera vista, un restaurante de alta alcurnia, pomposo, high end; y a segunda vista, la "restaurantización" de un snob, nuevorrico o wannabe. Lucen acabados agradables y maravillantes con mobiliario de un confortable lujo, pero basta notar las faltas al protocolo para darse cuenta que todo es una pantalla para ocultar o la fodonguez o la inexperiencia en el servicio y en los platillos.

El salón y los baños son lindos. La iluminación se descompone a eso de las 18 horas —quizá como técnica de salón de eventos para correrte o una mala interpretación de lo romántico—, fuera de eso y del humo de las bengalas de cumpleaños, el ambiente no está tan mal, algo animado y buena música.

Oferta

Un menú ensamblado, casi mecánico, de platillos italianos en nombre y "contemporáneos" en técnica. Se dicen llevar una carta italiana con modificaciones a la New York implantadas por el chef ejecutivo Ralph Scamardella —que de italiano sólo tiene el apellido, porque ni la sazón—, aunque el jefe de cocina es Oscar Quiroz, responsable de las atrocidades a lo largo de este escrito.

Su menú se compone de antipasti —que ninguno se me antojó en sabores ni precios—, pastas, ensaladas, pizzas y principales como milanesa de ternera, variedad de pescados y cortes. Lo mejor es su barra, en donde incluso los mocteles destacan en sabor y presentación. La carta de vinos es pretensiosa, pero he de decir que cuenta con curiosidades y variedad en uvas, orígenes y precios.

Qué probé

Al sentarnos nos ofrecen agua con una serie de toppings y hielo en unos vasitos azules sacados de la vitrina de Martha Debayle, lo que me da indicios de un restaurante en forma.

Pero luego desfilan una suerte de bocadillos vegetales: mitades de higo, cuartos de tomate, sextos de rábano, octavos de sensatez y aceitunas kalamata. Ante tal problema de fracciones, me decido a usar el tenedor de la ensalada y el cuchillo para cortar los vegetales a un tamaño elegante para llevar a la boca. Mismos cubiertos que, a la llegada de los primeros platos, el mesero, muy al estilo de aquellos salones de eventos que mencionábamos, regresa a la mesa con un "gracioso" movimiento.

Esta primera disyuntiva me hace volverme a preguntar en qué clase de establecimiento me encuentro: si es un restaurante en el que los precios justifican la excelencia en el servicio, o en el que pagas porque te traigan la comida bañada en queso y pirotecnia.

El pan de servicio era focaccia y unos grissini que no cabían en el mismo canasto. Pero eso no importaba, de todas formas retiraron la cesta del pan en el cambio de platos en vez de rellenarla como en cualquier restaurante decente. Afortunadamente, su sabor y textura resultaron olvidables.

Ante una serie de repentinos antojos, decidimos ir back to basics y empezar con la ensalada César que hacen llamar de la casa. Mi primera impresión fue preguntar ¿de la casa de quién?, porque el sabor es casero en el mal sentido de la palabra. Se notaba la buena calidad de la materia prima y como una César cumplía, pero, perdónenme, si voy a Lomas a un restaurante con 4.9 estrellas en Google Maps y pido la ensalada de la casa, esperaría algo excepcional: una presentación diferente con corazones de lechuga, un aderezo con un ligero acento en ajo o sardina o, por lo menos, que los crutones crujieran. Para una ensalada "de la casa", mejor la hago en la mía y de paso le pongo parmesano y algo de espíritu.

La pizza margherita con un queso pasable, una masa no tan mala y una salsa peor. Me recuerda la masa de las pizzas argentinas, entendible ya que se supone que el restaurante no es auténtico italiano —o quizás usan tal excusa para su desfachatez—; el queso, definitivamente era la mezcla de Kirkland o similar y la salsa me supo mitad casera y mitad de frasco.

Después llegaron las pastas, no sin antes anunciarse por nuestro mesero al refinado canto de "ya casi llegan sus alimentos, no se desesperen". Los gnocchi tricolore estaban blandos e insulsos, debo admitir que con estos sí fuimos advertidos por nuestro mesero cuando nos dijo "es una masa que hacemos aquí que es más blanda que la pasta", ¡pero creí que nos tomaba por su público habitual que no sabría distinguir entre una pasta fresca y un rotomartillo! ¡No que lo dijera para justificar la mala textura! 

    O trabajaron de más su masa, o se les pasó de harina o de cocción; pero algo anda mal con esos gnocchi además de con las salsas que, muy a mi pesar, la que menos me disgustó fue la blanca. Adjunta, la misma pomodoro de bote a un lado y al otro, un pesto seco, mal integrado, sin amor ni sal.

A mi trinchera, llegaban los cavatelli al tartufo. Que era más bien un caldo de setas con trocitos de pasta. Realmente tuve que pescar a un garçon y pedirle una cuchara. Para colmo, ¡me lleva una cuchara trinchera! Debí especificar que era para el caldo y no para sacarle los ojos al chef —en ambos casos, un popote hubiese sido más eficaz—. Tanto a la pasta como a la salsa les faltaba sal y algo de profundidad, no le dejen todo el trabajo a la trufa y aprendan a usar especias.

    Con mi sopa en frente y mi arma blanca en la mano decido ceder, llorar un poco y pedir ese mal intento para llevar y arreglarlo en casa con más crema, pimienta y reducirlo. Eso sí, me lo traen en una bolsita estilo Liverpool muy chic. Y la dejan en el perchero al lado de un caballete repleto de platos sucios que nadie se ha molestado en retirar desde que llegamos.

Ya con algo de miedo y llevado más por mis impulsos y por la recomendación del camarero que por mi buen juicio, ordeno el tiramisù della nonna. Que igual debió ser una nonna muy moderna, pues le mete amaretto, nueces y sepa Dios cuánta cosa más para que amarre. Dicen que usan soletas, pero realmente tiene la textura de un bizcocho tipo Sacher.

Lo acompañamos con un café: yo pido un lungo y mi compañía un flat white. Extranjerismos que pasman al mesero con extrañeza. Por lo que cambiamos tal conjuro por "un americano sin tanta agua" y un latte a falta de un barista competente. Ambos cortesía del patrocinador oficial de la fodonguez: Nespresso. El horror, ¡EL HORROR LES DIGO! 

    Mi querido gerente, si estás leyendo esto, déjame decirte que si te alcanza para el whisky, te alcanza para los hielos.

En este punto, yo sólo quería salir corriendo del lugar, decidido a no meterme otra cosa a la boca en pos de mi salud mental. Pero al llegar la cuenta nos trajeron unas cortesías tipo masitas de limón y chocolate no tan malas.

Recomendaciones

No ir... con antojo de comida italiana auténtica y tener cero expectativas de un servicio protocolario. Evitar los alimentos y enfocarse en la coctelería y la pintoresca arquitectura del lugar. Llevar ropa casual, posar un poco y huir. 

En la tarde del domingo me encontré con el restaurante no tan saturado, pero pueden reservar para asegurar su... experiencia. Si van en auto, lo pueden dejar en la misma plaza Arcos Bosques, pero consideren que el estacionamiento no es nada barato. Y que Dios se apiade de sus paladares.

In bocca al lupo!



Fotografías de El Expreso Triple y Eduardo Monroy.

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